Nuestro profesor Jean Meyer es nuevo integrante de la Academia Mexicana de la Lengua

Prof Meyer

El pasado 13 de agosto el Dr. Jean Meyer (División de Historia del CIDE) fue elegido por unanimidad como miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua. A continuación compartimos el discurso que ofreció el Dr. Meyer en la ceremonia de ingreso:

Nacionalismo, universalismo
Jean Meyer*

Nación, nacionalidad, nacionalismo, sentimiento, identidad nacional La multiplicidad de las palabras, que releva de la Academia de la Lengua, no significa claridad conceptual. No basta separar, como Marcel Mauss, la buena nación del nacionalismo malo: él distinguía la idea de nación del nacionalismo “generador de enfermedad de las conciencias nacionales”. De nada sirve oponer el patriotismo positivo al catastrófico nacionalismo, Rousseau a Herder, Fustel de Coulanges a Mommsen, la izquierda a la derecha, la comunidad electiva a la comunidad étnica, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano a la selva germánica. Lo que Stefan Zweig en sus “Recuerdos de un europeo” llamaba la “pestilencia nacionalista” no es más que la cara de sombra de un Janus bifronte.

Los que condenan y rechazan sin más al nacionalismo se exponen a no entender nada de lo que está pasando en el mundo. El hecho nacional, además de ser un hecho, es también una idea, un proyecto. Parece una evidencia cuando es enigma. Es también sentimiento y puede ser pasión. Emoción fuerte, definición débil. En lugar de encontrar la razón de esta sinrazón, muchas veces oponemos la Razón y “nosotros”, sus sectarios, a la Nación y “ellos”, sus fanáticos. Es más confortable, pero eso no sirve para nada. El costo histórico del no reconocimiento del hecho nacional no será menos caro mañana que ayer. Nosotros los liberales estamos, frente a la nación, como frente al sexo antes de Freud: hombres de las Luces, universitarios por convicción y profesión, somos como dice muy bien Régis Debray, “los victorianos de la nación, ahogados por la mojigatería.”

Un poeta puede ayudarnos a elucidar el misterio. Escribe Paul Valéry: “El hecho esencial que constituye a las naciones, su principio de existencia, el lazo interno que encadena entre ellos a los individuos de un pueblo, y a las generaciones entre ellas, no es, en las diversas naciones, de la misma naturaleza. A veces la raza, a veces la lengua, a veces el territorio, a veces los recuerdos, a veces los intereses, instituyen de manera diversa la unidad nacional de una aglomeración humana organizada. La causa profunda de tal agrupamiento puede ser totalmente diferente de la causa de tal otro.”

El nacionalismo trabaja sobre hechos inevitables. Cada persona recibe una educación: de la familia, de la escuela, de un grupo; cada persona necesita ser reconocida, pertenecer, compartir un destino común. “Natio”, los que nacieron juntos, dice la etimología. Pertenecer a una nación es un lazo doble, el derecho a tener una identidad, recibir protección, así como el deber de conformarse a las costumbres y leyes y, eventualmente, de morir por la patria. “Es una suerte digna de envidia”, rezaba un himno republicano francés que citaba al poeta espartano.

Al mismo tiempo todos tenemos una patria chica, una matria, dice Luis González, y pertenecemos a la humanidad. Sin embargo, la nación, para la mayoría de nosotros, pesa más. ¿Por qué? No sé. ¿Por qué Centroamérica está compuesta de varias naciones y México no? ¿Por qué ahora Croacia y Eslovaquia, cuando ayer no? ¿Y que será de Cataluña y Escocia? No sé. La identidad nacional se ha afirmado y se ha identificado a su Estado propio recientemente. Una serie de olas ha recorrido el mundo, después de la primera ola republicana de Estados Unidos y Francia; siguió la romántica y de las dos juntas nació la ola de independencias del siglo XIX y de 1919, prolongada por la ola de la descolonización después de 1945 y la desintegración de la URSS a fines de 1991. Pero ¿existen Siria e Irak y qué propone el Califato?

Por lo pronto sabemos qué es un Estado, qué es una cultura, pero seguimos sin saber qué es una nación: ¿un Estado y una cultura, varios Estados y una cultura (europea, latinoamericana), un Estado sobre varias culturas, multicultural? El nacionalismo puede ser un cimiento muy ligero o un concreto reforzado. Según Ernest Gellner, el nacionalismo no tiene raíces demasiado profundas en la psicología humana. Tampoco posee fundamento científico la concepción de las naciones como bellas durmientes de la historia que sólo necesitan de la aparición de un príncipe encantado para transformarse en Estados “nacionales”.

Debemos rechazar ese mito: ni las naciones constituyen una versión política de la teoría de las clases naturales, ni los Estados nacionales han sido el evidente destino final de los grupos étnicos y culturales. Ernest Gellner recuerda que la gran mayoría de los grupos nacionales en potencia (en el planeta se hablan cerca de ocho mil lenguas) ha renunciado a luchar para que sus culturas homogéneas dispongan del perímetro y la infraestructura necesarios para alcanzar la independencia política. Aunque se presente como una fuerza antigua, oculta y aletargada, el nacionalismo no es sino la consecuencia de una nueva forma de organización social, derivada de la industrialización y de una compleja división del trabajo, si bien aprovecha la riqueza cultural y el crecimiento económico, la innovación tecnológica, la movilidad ocupacional, la alfabetización generalizada y un sistema educativo global protegido por un Estado. Nadie ha explicado mejor hasta el momento porque el nacionalismo es hoy un principio tan destacado de la legitimidad política.

Así nuestra naciones con sus Estados persisten en la empresa fundamental que persigue la sociedad de los hombres: agrupamiento de quienes dependen de una misma res publica, adquieren una identidad colectiva, inscriben en un mismo espacio natural sus posiciones y en un mismo espacio cultural sus instituciones, buscan los medios para garantizar su seguridad y su desarrollo y se determinan como comunidad frente a pueblos extranjeros.

Apaciguada y tolerante, la conciencia nacional encuentra un sutil equilibrio entre memoria y olvido, lucidez y amnesia, tradición e imaginación. Si cambia de dosis -y en aquella operación química los historiadores pueden tener, suelen temer una gran responsabilidad- fabrica una humanidad feroz, compuesta de individuos fanáticos.

El problema no es conocer la identidad para mejor preservarla, sino garantizar la diversidad que se manifiesta por medio de múltiples identidades, a la vez sensibles e imprecisas. La idea de civilización exige una sociedad al mismo tiempo abierta y cerrada, en equilibrio constantemente reconstruido entre tres niveles que no se encuentran nunca en forma absoluta, pura, separada: la humanidad, el grupo, el individuo. Ninguno de estos debería presentarse como un absoluto, ya que la persona se sitúa en su encuentro trino.

Edmund Burke, en sus “Reflections”, ve la sociedad civil como un contrato muy particular entre tres categorías de personas, de las cuales dos no viven; es una asociación entre los vivos, los muertos y los que están por venir. Así nos pone en guardia tanto contra el desprecio a los antepasados, como contra la indiferencia hacia la posteridad. Eso nos permite rechazar los paradigmas y las “necesidades”, encontrar nuestra libertad en el espacio y el tiempo. Un poco de internacionalismo aleja de la nación, mucho internacionalismo nos devuelva la nación, decía Jean Jaurès.

*Discurso leído por el historiador la noche del jueves durante la ceremonia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua.
Fuente: Copyright © Grupo Reforma Servicio Informativo
http://www.reforma.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=616787
Fecha de publicación: 15 agosto 2015

** Foto tomada del sitio http://sobre-t.com/la-academia-mexicana-de-la-lengua-da-la-bienvenida-a-tres-destacados-miembros/

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